Una idea gana enteros: “rewildering” o dejar que vuelva la naturaleza salvaje

El proyecto de Rewilding Europe, en las montañas Ródope (Bulgaria), incluye la conservación de lobo. Imagen: Staffan Widstrand / Rewilding Europe

La defensa del medio ambiente se ha centrado en conservar lo que tenemos, pero cada vez hay más voces que plantean la necesidad de renaturalizar grandes áreas que han perdido su biodiversidad vegetal y animal. En España aún no se ha hecho, aunque tenemos amplias zonas potenciales.

Teletransportémonos a los montes Cámbricos, las tierras altas de Gales. A ojos del común de los mortales el lugar es, cuando menos, bucólico. Verdes praderas con manchas de árboles dispersas que cubren kilómetros de colinas y se pierden en el horizonte. 1.190 km2 donde las ovejas son reinas de un mar de hierba. La Sociedad de las Montañas Cámbricas lo describe como “un paisaje que apenas ha perdido su belleza natural”, y el escritor Graham Uney afirma que “en Gales no hay nada comparable a la naturaleza salvaje y la sensación de pura soledad que rodea estos vastos páramos vacíos”.

Agorafóbicos y urbanitas acérrimos aparte, quién no disfrutaría allí. Pues bien, hay quien mira este lugar con otros ojos. “A excepción de los monocultivos químicos de Anglia Oriental (Este de Inglaterra), nunca he visto un paisaje británico tan falto de vida como la meseta que algunos llaman el desierto Cámbrico”. Así lo describe el ecologista británico George Monbiot en Salvaje: renaturalizar la tierra, el mar y la vida humana (Capitán Swing, 2017).

Buitres leonados en la Reserva Biológica Campanarios de Azaba, Salamanca. Foto: Staffan Widstrand / Rewilding Europe

El hoy columnista de The Guardian está aplicando un filtro temporal al mirar. En concreto ha puesto el modo ‘anterior al neolítico’, la época en la que, no hace tanto, el ser humano pasó de ser cazador-recolector a agricultor y pastor, lo que en esta zona pasó hace entre 4.000 y 6.000 años. Mira a un tiempo en que los Cámbricos, al igual que el litoral occidental europeo, de las Highlands escocesas a la península Ibérica, estaba cubierto por densos bosques. Masas forestales que desaparecieron gradualmente a base de desmonte y quema, para dar paso a la agricultura y el pastoreo, un proceso que ha hecho que el terreno pierda fertilidad, en grandes extensiones de forma dramática. 

REVERDECER EL DESIERTO

 

El ‘desierto Cámbrico’ es uno de los lugares que Monbiot propone resalvajizar. En sus propias palabras, “permitir que en los ecosistemas naturales se reanuden los procesos ecológicos”. Regenerar todo un ecosistema degradado, reintroduciendo plantas y animales donde sea necesario, y eliminando otras invasoras si procede, para luego “dejar que la naturaleza encuentre su propio camino”. Eso sí, “sin intentar recrear los paisajes o los ecosistemas que había en el pasado, ni reconstruir la naturaleza primordial, como si eso fuera posible”.

Rewilding es restaurar ecosistemas a gran escala, volviendo a poner las piezas que faltan”, explica Deli Saavedra, doctor en biología y director regional en Rewilding Europe, una organización que trabaja por la renaturalización de grandes espacios, con una decena de proyectos en Europa, del delta del Danubio en Ucrania y Rumanía a la Laponia sueca, pasando por las montañas Ródope en Bulgaria y Grecia o el valle del Côa, en Portugal. “Es aportar los elementos que puedan faltar para que un ecosistema vuelva a funcionar de forma saludable y natural”, añade Odile Rodríguez de la Fuente, quien forma parte del patronato de Rewilding Europe además de ser directora de la fundación que lleva el nombre de su padre, el fallecido naturalista Félix Rodríguez de la Fuente.

Las fórmulas son variadas: “Puede ser una reintroducción o dejar una zona sin caza”, apunta él, mientras ella señala que “en un río puede ser quitar presas, canalizaciones y construcciones”. En definitiva, como define Rodríguez de la Fuente, “renaturalizar y permitir que la naturaleza haga lo que hace ella sola pero capacitando que lo pueda hacer”.

Alrededores de Conquezuela (Soria). El Sistema Ibérico es una de las zonas susceptibles de ser renaturalizadas en España, según las fuentes consultadas ÁLVARO MINGUITO

Este es el rewilding —utilícese renaturalizar, resalvajizar o reasilvestrar, según la fuente consultada, este mundillo es nuevo— que puede hacer que en grandes áreas degradadas donde hoy apenas hay vida pueda volver a crecer un bosque donde habiten especies que incluyan toda la cadena alimenticia,
grandes herbívoros y carnívoros incluidos. Aunque hay otro rewilding que en las tierras ibéricas nos ha tocado más de cerca. Uno silencioso, en el que el Homo sapiens brilla por su ausencia.

EL RETORNO

 

José María Rey, catedrático de Ecología y presidente de la Fundación Internacional para la Restauración de Ecosistemas (FIRE), señala que la palabra tiene otra acepción: “La recuperación de los ecosistemas por abandono de la actividad humana, en particular la agricultura y la ganadería”. Mientras en 2017 el planeta perdió 15,8 millones de hectáreas de zonas forestales en los trópicos, dos veces Andalucía, y en el mundo la superficie forestal descendió un 3% entre 1990 y 2015 —del 31,6% al 30,6% de la superficie terrestre—, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), en Europa y América del Norte la tendencia es contraria. La superficie forestal ha pasado del 40,3% al 41% en 25 años. Y si nos vamos a España, la cosa mejora: contamos con 27,7 millones de hectáreas de superficie forestal, el 55,2% del territorio, 18,5 millones si hablamos de superficie forestal arbolada, según los últimos datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

Un 36% del territorio español está arbolado, y creciendo. En 25 años, entre 1990 y 2015, se ha incrementado un 33%. “Tal como van las cosas”, vaticina Carlos del Peso, secretario de la Sociedad Española de Ciencias Forestales(SECF), “en muy poco tiempo vamos a llegar a un 60% de superficie forestal, más de la mitad de ella arbolada”.

Frente a la tendencia global, en Europa y América del Norte la superficie forestal ha crecido en los últimos años. Imagen de marzo de 2017, ESA

La historia de cómo los bosques han vuelto a la península Ibérica es tan triste como lo fue la de su destrucción. “Los grandes procesos de deforestación vienen, como mínimo, del bajo imperio romano”, relata Del Peso, aunque hay fuentes que sitúan el comienzo del gran desmonte ibérico mucho antes. Acercándonos en el tiempo, hay más procesos que profundizaron en la corta. “La reconquista, por ejemplo: según iban bajando los cristianos iban cortando”, cuenta. “La Mesta —la poderosa organización de pastores creada en 1273 por Alfonso X— cortó lo que no está escrito, y la flota naval española necesitó madera y pez a tutiplén”.

A pesar de ciertas políticas de protección desde la Edad Media, el balance forestal fue negativo, y el último gran episodio de pérdida de masa forestal fue en el XIX, con la desamortización, que vendió gran parte de los montes públicos, y la roturación de terreno para uso agrícola. El informe La situación de los bosques y el sector forestal en España 2013 , de la SECF, señala que en 1940 el país alcanzó el menor nivel de masa forestal de su historia, 24 millones de hectáreas. Pero eso se acabó.

TIERRA DE BOSQUES

 

“En España, la mayor cantidad de superficie que se ha restaurado en las últimas décadas ha sido, con mucha diferencia, de forma pasiva, sin intervención de los humanos”, explica Rey. Aunque, como apunta Del Peso, “el siglo XX se ha caracterizado por una política de repoblación muy fuerte”, con el Plan General de Reforestación de 1939 —puesto en marcha en los años 40— y las ayudas a la reforestación de la Política Agraria Común en los últimos años, entre otras iniciativas, la reversión del drama ecológico vendría, mayoritariamente, de un drama humano. El brutal proceso de despoblación rural iniciado en los 40 es lo que permitió la vuelta de los bosques.

“Al desaparecer la fuerza perturbadora de los arados y de los herbívoros domésticos, el ecosistema empieza a recuperarse de forma pasiva, por regeneración natural”, explica el presidente de la Fundación FIRE. Es lo que ha pasado en amplias zonas de la cordillera cantábrica, “en Asturias y Cantabria sobre todo, menos en Galicia”, señala Rey; en amplias zonas del Sistema Ibérico —serranía de Cuenca, Teruel o Soria—; en grandes áreas de León y Zamora, o en el valle del Alberche, en Ávila. Desaparecidos los humanos, las tierras labradas son reconquistadas por matorral y bosque. Y ausentes las ovejas, el sotobosque que dará paso al bosque puede crecer.

Suelta de bisonte europeo en los Cárpatos orientales (Rumanía) en mayo de 2018. Imagen: Bogdan Comanescu / Rewilding Europe

“Esto es positivo para la naturaleza, pero también puede suponer nuevas oportunidades socioeconómicas”, indica Rey. De hecho, ninguna de las fuentes consultadas plantea un blanco o negro a la presencia humana en las posibles zonas sujetas a resalvajización. Theo Oberhuber, cofundador y coordinador de Campañas de Ecologistas en Acción, remarca que, al hablar de restaurar y renaturalizar en, por ejemplo, la llamada España vacía, “no hay que pensar que solo es un espacio para la naturaleza, sino que ahí tendría que vivir gente, se tienen que desarrollar servicios y encontrar un equilibrio”.

La federación ecologista defiende espacios que puedan compartir humanos y naturaleza, “con límites, pero con ganadería extensiva y en buenas condiciones”, tal como indica Oberhuber, quien denuncia que “otra cosa son las macrogranjas”, pero expone que “si se hace en buenas condiciones, es perfectamente compatible con la mayor parte de nuestra biodiversidad”.

Desde Rewilding Europe ven también oportunidades económicas en los grandes proyectos de renaturalización. Como indica Saavedra, “rewilding no es solo la creación de nuevas zonas naturales y reintroducción de especies, también la creación de una nueva economía basada en la naturaleza”. Incluso lo plantea como un antídoto a la despoblación: “No solo no se perdería población, sino que se podría ganar con nuevos negocios relacionados con nuevos paisajes naturales, nuevas especies reintroducidas…”. O como señala Rodríguez de la Fuente, “esta crisis podría ser una oportunidad para reasilvestrar y poner los componenentes necesarios para que se recupere el ecosistema de la forma más saludable, y eso sería bueno para generar economía asociada a la naturaleza”, añadiendo que “el rewilding ni celebra ni promueve que haya un abandono rural”.

“ASALVAJAR” LA PENÍNSULA

 

Además de los ocho proyectos de Rewilding Europe, a nivel global los casos más singulares de renaturalización son el del Área de Conservación Guanacaste, en Costa Rica, un proceso de restauración del bosque tropical al noroeste del país, y el proyecto de The Conservation Land Trust en los Esteros del Íbera, en Argentina, que ya ha logrado reintroducir osos hormigueros gigantes y recuperar la población de ciervos de los pantanos y carnívoros como pumas o el aguará guazú, el mayor cánido de América del Sur.

En España no existen proyectos de rewilding, ya que estos se refieren a grandes extensiones, aunque son conocidas las reintroducciones del oso pardo y el buitre negro en los Pirineos, del quebrantahuesos en la sierra de Cazorla o la reciente llegada de bisontes europeos a Segovia —especie que Rewilding Europe ha reintroducido en los Cárpatos rumanos—, sin olvidar el programa de recuperación del lince ibérico.

Sí hay uno cerca, en el valle del Côa (nordeste de Portugal). La zona, que ha estado sujeta a un fuerte proceso de despoblación, está siendo colonizada por arbustos, pinos y eucaliptos: junto con el chopo, las principales especies plantadas para producción de madera en la península, menos resistentes al fuego. Vienen llegados desde plantaciones cercanas, lo que aumenta exponencialmente el riesgo de incendios. Por ello, Rewilding Europe quiere reintroducir allí el pastoreo con herbívoros salvajes para frenar el riesgo de fuego y propiciar un ecosistema en el que presas de carnívoros como el lince ibérico o el águila perdicera sean abundantes para completar la cadena trófica.

Hablando de carnívoros, y volviendo al Holoceno actual —o antropoceno, según a quién se pregunte—, el presidente de la Fundación FIRE plantea, además de ayudar a la expansión de osos y lobos, la posible reintroducción del lince boreal o europeo, el mayor de los lynx, que habitó el norte ibérico hasta hace unos siglos y hoy está presente de Europa central a Rusia, con una pequeña colonia en los Alpes franceses. “Hay una cita no confirmada de avistamiento de lince boreal en los Pirineos”, indica, “y es posible plantearse una reintroducción del lince boreal allí y quizá en la cornisa cantábrica”.

Pero hay quien va más allá. El llamado rewilding del Pleistoceno recuerda que los humanos somos responsables, mayoritariamente, de la extinción de la megafauna en todo el planeta y piden que se reintroduzcan ciertas especies, “miembros exóticos de los grupos que se extinguieron, o animales que desempeñen un papel ecológico parecido”, explica Monbiot en Salvaje. Si especies de elefante, rinoceronte o león habitaron suelo europeo, los defensores de esta corriente plantean la reintroducción de otras similares —elefante asiático, por ejemplo— que cumplan una función lo más parecida a sus extinguidos parientes.

No son propuestas muy populares todavía. “No tiene sentido recuperar el leopardo sable, sobre todo cuando tenemos nuestros grandes carnívoros autóctonos de la zona que se están extinguiendo”, comenta Oberhuber. “En España había leones, ¿estamos preparados para reintroducir león en Doñana? Evidentemente no, y no hay que hacerlo”, apunta Saavedra.

El experto añade además: “No miramos atrás, sino hacia adelante, con qué especies somos capaces de convivir. Está claro que podemos convivir con osos y con lobos, hay un artículo científico que es un mapa de las zonas ecológicamente potenciales para el oso en España. Incluso en el sur, Sierra Morena sería un lugar muy bueno para los osos. No es un problema ecológico, sino social. ¿La gente del territorio está dispuesta a vivir con osos?”.

El proyecto de Rewilding Europe, en las montañas Ródope (Bulgaria), incluye la conservación de lobo. Imagen: Staffan Widstrand / Rewilding Europe

SISTEMA IBÉRICO

¿Dónde renaturalizar entonces? Oberhuber pone un punto en el mapa: “La laguna de la Janda es una zona totalmente desecada y deteriorada cuya recuperación se está planteando, sería un ejemplo de renaturalización muy interesante”. Habla del que fuera el mayor humedal del país, situado junto a Tarifa (Cádiz), desecado a mediados del siglo XX para uso agrícola. En enero, una decena de organizaciones ha presentado una campaña que busca forzar al Gobierno y a la Junta de Andalucía a restaurarla y “hacer efectivo el desalojo de los agricultores que cultivan sin permiso”, según señalaban.

“Sería interesante establecer en España al menos una o dos áreas piloto como laboratorios vivos para estudiar la renaturalización”, expone José María Rey. “Yo tengo identificada una de ellas: el sistema Ibérico, donde hay una densidad de población muy baja, se ha abandonado la agricultura y la ganadería, faltan oportunidades de desarrollo local y hay una buena recuperación por abandono de los matorrales y los bosques”.

El experto plantea que en esta zona convendría un proyecto que maneje la vegetación y reintrodujera ciertos animales que han desaparecido. “Se podría favorecer, donde proceda, la sustitución bosques plantados de conífera por bosques mediterráneos de hoja ancha, por ejemplo encinas, o quejigares y rebollares”. También plantea fomentar la extensión de grandes herbívoros “capaces de crear heterogeneidad en la vegetación y eliminar biomasa, lo que reduce el riesgo de incendios”. Y, por supuesto, a sus depredadores. “En el caso del lobo no haría falta su reintroducción”, explica, “si no se le matara colonizaría él solo estas áreas”. Es algo que, según Rey, requiere una aceptación social. “Es el principal problema que tienen estos proyectos que manejan carnívoros, y esto va a ser muy lento en España”, vaticina.

Tanto Monbiot como desde Rewilding Europe hablan de la necesidad de que haya un consenso social para renaturalizar un área, pero lo que está claro es que, un paraje montés sin depredadores no puede ser un ecosistema completo y sano. Ahí está el ejemplo del Parque Nacional de Yellowstone (Estados Unidos), donde la reintroducción del lobo ha provocado un reequilibrio tan profundo en la salud del área que ha llegado incluso a modificar el cauce de los ríos y a aumentar el número de osos grizzlie.

La gran pregunta es si, además de conservar lo que tenemos, ha llegado el momento de ayudar a la naturaleza a retomar nuevas zonas. Así lo defienden Rewilding Europe y los grupos ecologistas, además de muchos otros actores del sector, como José María Rey, aunque Carlos del Peso no es partidario de ampliar masas forestales a nivel estatal sin antes gestionar las que tenemos, “lo que implica cortar”, remarca, entre otras cosas para prevenir incendios. “Una cosa no quita la otra, son problemas distintos”, responde Rey. “De acuerdo con que no hay una gestión adecuada, pero no por incrementar la superficie forestal va a haber más dificultades a esa adecuada gestión”, añade Oberhuber.

Sea como fuere, el movimiento por el rewilding —“porque ya se le puede considerar un movimiento”, señala Oberhuber— ha llegado para quedarse, algo que podría ayudar a otra de las tesis que vienen con fuerza, la que plantea el biólogo y naturalista británico Edward O. Wilson en Medio planeta (Errata Naturae, 2017): “Solo mediante la reserva de la mitad de la Tierra, como mínimo, podremos salvar la biodiversidad de la vida y conseguir la estabilización necesaria para nuestra propia superviencia”, una propuesta que “ofrece una solución inicial de emergencia proporcional a la magnitud del problema”. Ante el armagedón ecológico, soluciones a la altura.

 

Edward O. Wilson, elegido uno de los 100 científicos más importantes de la historia por la Britannica Guide y una de las 25 personalidades más influyentes de Estados Unidos por la revista Times.

Por Pablo Rivas, de El Salto.

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