Lucha por el Ost Ampel, el semáforo de Alemania oriental

Leí una vez en un panfleto anarquista que “el poder no crea nada bello” pero cuando hace unos meses crucé por primera vez por un paso de cebra en Berlín oriental me convencí de lo contrario: un pequeño hombrecito verde con sombrero me invitaba a cruzar avisándome de que era el turno de los peatones. Como no podía ser de otra forma, el hombrecito verde tiene un hermanito rojo, también con sombrero: Se llaman Ampelmännchen (hombrecitos del semáforo; pronunciar ámpel–meenjen.).
Tal vez el hecho de que esta pequeña pieza de diseño urbano fuera concebida bajo un régimen comunista, le confiere aún más valor, ya que durante los años que duró la RDA la tendencia dominante era hacer todo de forma superfuncional y práctica, donde el diseño y la belleza sólo eran tenidos en cuenta a la hora de ensalzar los valores del régimen. No hay más que ver los repetitivamente horribles edificios de bloques, cuya visión daña la vista, o observar como el estado satélite dejó caerse a trozos el poco patrimnio cultural e histórico que el azar salvó de la segunda guerra mundial.
La reunificación de Alemania supuso la conversión del sistema oriental al occidental. Del comunismo al capitalismo. De los simpáticos hombrecitos verdes y rojos a las insulsas siluetas de un robot que han habitado Alemania Occidental y casi todos los países del mundo. Ante el injustificado gasto público alemán en extirpar de los semáforos orientales a los simpáticos y queridos Ampelmännchen con el único afán de uniformizar el país siguiendo los parámetros occidentales, un movimiento ciudadano alzó la voz. Los antiguos ciudadanos de la RDA formaron una plataforma que exigió la interrupción de la mutilación del escaso legado estético digno de tal nombre que el régimen anterior les había dejado como recuerdo de aquella época donde la palabra desempleo no tenía sentido. La victoria de los defensores de los Ampelmännchen se produjo en una atmósfera de resentimiento de los ossies hacia los wessies, que aún hoy se sienten traicionados (ahora la palabra desempleo ya goza de pleno significado); y se convirtieron los Ampelmännchen en icono cultural de la identidad postcomunista, lugar cenagoso donde habitan sin embargo millones de personas. Paradójicamente, la idea ha sido explotada desde una óptica muy poco socialista, que más bien nos retrotrae a la mercantilización de todo hasta alcanzar el infinito y poco más, que se da con tanta frecuencia en los países “desarrollados”, aprovechando el hecho de que nuestros hombrecitos carecen de algo tan básico hoy en día como el copyright; a eso llegaron tarde. Así podemos encontrar en el Berlín de 2006 tiendas para turistas y nostálgicos de tiempos mejores, cuyo principal reclamo son los pobrecitos Ampelmännchen sobre todo tipo de objetos; tazas, camisetas, gorras…
Ahora, nos encontramos cada día –queramos o no– con cientos de gráficos, mensajes que atrapan, –queramos o no– nuestra atención. Su intención es despertar en nosotros el deseo de comprar un producto o servicio. –lo necesitemos o no. Esta el la principal y única motivación y no otra. En cambio el diseñador (o diseñadora, que en eso estaban, y están, muy adelantados) que diseñó los Ampelmännchen
Más información en alemán, aquí.
Ost Ampel: Semáforo de Alemania Oriental

Ost Ampel: Semáforo de Alemania Oriental. verde y rojo.

El hombrecito de los semáforos de la ex RDA se ha convertido en un icono cultural en Alemania y también en un ejemplo de «comodificación» o mercantilización y puesta en valor turístico de un vestigio del Estado comunista.

Dicen algunos anarquistas que el poder no crea nada bello pero, cuando hace unos años crucé por primera vez por un paso de cebra en Berlín oriental, me convencí de que lo contrario puede suceder: un pequeño hombrecito verde con sombrero me invitaba a cruzar la calle; era el turno de los peatones. Como no podía ser de otra forma, el hombrecito verde tiene un hermanito rojo, también con sombrero: Se llaman Ampelmännchen (hombrecitos del semáforo). También se pueden encontrar en otros países post comunistas como Polonia.

Este alegre hombrecito, que irradia energía positiva y mira al frente con la cabeza alzada y el cuerpo hacia delante, debió de poder encontrar una grieta en el gris y materialista sistema que fue la República Democrática Alemana. Entonces todo se hacía de forma superfuncional y práctica, y el diseño y la belleza sólo se aplicaban a ensalzar los valores del régimen y a sus dirigentes. No hay más que ver los invariablemente horribles edificios de bloques soviéticos esparcidos por todo el antiguo bloque soviético, cuya visión daña la vista. Observar como dejó caerse a trozos el poco patrimonio cultural e histórico que el azar salvó de la segunda guerra mundial, dice mucho de la sensibilidad de estos pretendidos socialistas.

Una nación había evolucionado paralelamente y un sistema tuvo que transformarse en el otro, borrando en la medida de lo posible las huellas de Lenin. Esta fusión desigual supuso la conversión del sistema oriental al occidental en todos los ámbitos: aparte del consabido cambio del socialismo de estado al capitalismo, también  todas las leyes, el sistema educativo, político y judicial fueron adaptadas al sistema occidental… y el mobiliario urbano no fue una excepción.

A partir de 1990 los semáforos orientales con los simpáticos y queridos Ampelmännchen empezaron a ser arrancados y sustituidos por su homólogo occidental, que en lugar de una figura humana parecen humanoides, que nada transmiten.

¿Dónde está la necesidad de cambiar unos hombrecitos por otros? O incluso, ¿Por qué no sustituir a la inversa ya que a todas luces, son más lindos y entrañables?.

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Un movimiento ciudadano alzó la voz y formó una plataforma en defensa de los Ampelmännchen. La campaña pedía la interrupción de la mutilación del escaso legado estético que el régimen anterior les había dejado como recuerdo de aquella época, donde la palabra desempleo sólo era un concepto teórico. Pronto los Ampelmännchen ya no sólo no estaban en peligro  sino que llegaron a cruzar la frontera -que ya no existe- e invadir el oeste. La victoria de los defensores de los Ampelmännchen se produjo en una atmósfera de resentimiento de los ossies hacia los wessies, que aún hoy se sienten traicionados (ahora la palabra desempleo ya ya no es teórica sino muy práctica).

Los Ampelmännchen son ya un icono cultural de la identidad postcomunista y la Ostalgie, la unión de Ost (este) y Nostagie (nostalgia), resume este sentimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Este sentimiento es lugar cenagoso donde habitan sin embargo millones de personas. Paradójicamente, la idea ha sido explotada desde una óptica muy poco socialista, que más bien nos retrotrae a la mercantilización de todo, hasta alcanzar el infinito y poco más, que se da con tanta frecuencia en los países del llamado “primer mundo”: El  hecho de que nuestros amiguitos verdes y rojos carezcan de algo tan básico hoy en día como el copyright –a eso llegaron tarde– ha facilitado su reproducción y comercialización. Así podemos encontrar en el Berlín de hoy tiendas para turistas y nostálgicos, cuyo principal reclamo son los pobrecitos Ampelmännchen sobre todo tipo de objetos; tazas, camisetas, gorras…

Pero, ¿qué pensarán los Ampelmännchen de todo esto? Nadie lo sabe y a nadie interesa; tal vez con resignación, tal vez con renovado esfuerzo siguen los Ampelmännchen marcando con paso vivo cada vez más pasos de cebra de Alemania.

Más información en alemán, aquí.

East_Berlin_traffic_lights3[1]Fuente fotos: wikipedia

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